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EL PLAN DE TRABAJO FORZADO EN ISLA DE PINOS
por Roberto Jiménez
Yo sé que lo que voy a tratar de decir puede parecer ficción a los lectores
honestos no informados o desinformados.
Los presos políticos cubanos, víctimas del régimen totalitario que impera en
Cuba, estamos lamentablemente acostumbrados a no tener mucha audiencia ni
lectores cuando hablamos de lo que padecimos o seguimos padeciendo. Pero no nos
cansaremos NUNCA de decir nuestra verdad.
Esto es historia, nos duela a quienes nos duele, le pese a quienes les pese. Se
trata de una innegable realidad que gravita sobre todos los cubanos y sobre
todos los seres humanos de buena voluntad.
Los hechos:
El plan de trabajo forzado impuesto a los presos políticos del Reclusorio
Nacional de Isla de Pinos que no habían aceptado el llamado "Plan de
Rehabilitación", se desarrolló en los últimos años de ese penal (1964-1967 )
Puede afirmarse que el cierre del mismo se debió precisamente a la situación de
creciente violencia creada por la implantación del propio plan y la generalizada
y firme resistencia de los prisioneros al mismo, situación que gradualmente se
había ido conociendo en el exterior y que se estaba escapando al control del
régimen. Además, el principal objetivo del trabajo forzado, que era obligar a
los presos a pasar al "Plan de Rehabilitación", fracasó por completo, ya que
durante ese período disminuyó dramáticamente el número de los que dieron ese
paso.
Oficialmente nombrado con el eufemismo de "Plan Especial Camilo Cienfuegos",
aquella medida del gobierno castrista fue una genuina expresión del esquema
totalitario de coacción y control que se imponía a toda la población de Cuba. En
el caso del Presidio Político de Isla de Pinos, su implantación y mantenimiento
durante años conformaron una etapa de represión máxima, durante la cual se
sometió a los reclusos a un régimen de violencia extrema, masiva y sistemática,
en que los golpes, los castigos personales y colectivos, las heridas, las
mutilaciones, los desquiciamientos mentales y las muertes se convirtieron en
rutina diaria; todo esto en medio de interminables jornadas de agotadores
trabajos, en las peores condiciones de equipamiento y alimentación. Se impuso a
la población penal una dinámica de tensión abrumadora que regía toda su vida
cotidiana, dislocando el sistema de actividades que habían desarrollado los
presos por su propia iniciativa para su superación espiritual, cultural y
política. Sin embargo, esas actividades formativas pudieron recrearse en medio
de aquel infierno, lo que contribuyó grandemente a mantener la integridad moral
y el espíritu de resistencia.
Antecedente:
Pudiéramos decir que todo comenzó cuando un día, a fines de 1963, sin previo
aviso ni explicación, varios grupos de prisioneros -campesinos en su mayor parte
sobrevivientes de los primeros años de las guerrillas del Escambray y sus
colaboradores- fueron sacados de las circulares para ser trasladados con destino
desconocido. Por un tiempo no se tuvo noticias de la suerte corrida por ellos.
Poco a poco se fueron recibiendo informaciones fragmentadas por los diversos
canales, a veces inauditos, con los que suelen contar los prisioneros. Así
supimos que los habían llevado a campamentos fuertemente custodiados en la
propia Isla de Pinos, para que trabajaran en el campo. Esto sería conocido por
todo el presidio como "El Plan Morejón", por el nombre del entonces jefe de la
guarnición del penal, que estuvo al frente de aquel plan piloto de lo que ya
estaban preparando para el penal completo. Las informaciones fueron haciéndose
más completas hasta que, pasados ocho meses, los presos del "Plan Morejón"
fueron traídos de regreso a las circulares.
En aquel experimento, inicialmente, la represión no fue intensa y se les
proporcionó a los reclusos una serie de condiciones más favorables que las
existentes en el penal, tratándose de manipular, además, su condición de
campesinos, acostumbrados a rendir al máximo en las labores agrícolas, para
obtener de ellos cierto grado de cooperación. Pero ellos respondieron rechazando
las relativas "mejoras" que, según entendieron, viniendo de carceleros hasta
entonces siempre hostiles, sólo podían estar encubriendo la intención de
sobornarlos y distanciarlos de sus compañeros que habían quedado en las
circulares. Tampoco aceptaron trabajar voluntariamente, y fue preciso que la
guarnición se quitara la careta y los hiciera trabajar a la fuerza.
Cuando se extendió por el penal la noticia de todo lo sucedido y se supo que
existían planes de implantar a toda la población penal un régimen de trabajo
forzado, se manifestó un rechazo generalizado a esa intención del gobierno
comunista, debatiéndose diversas posiciones, más y menos radicales, en cuanto a
la forma de actuar cuando llegara el momento. Considérese que en toda la
historia anterior de la República nunca los presos políticos habían sido
obligados a trabajar para los respectivos gobiernos a los que se habían opuesto
y no existía la disposición de hacerlo para el comunismo, aunque se sabía, por
innumerables experiencias, que la falta total de consideraciones humanas del
régimen aseguraba una represión sin límites.
Se trató de prever en lo posible las circunstancias en las que habría que
resistir para determinar las tácticas y estrategias más adecuadas y viables,
pero esto se hacía difícil por la diversidad de criterios y la poca información
disponible. Los hechos irían configurando la magnitud del reto.
El comienzo:
En junio de 1964 da inicio el plan de trabajo forzado para todo el penal. De los
cambios de impresiones y debates entre los presos de todas las circulares se
había ido perfilando una estrategia general que pudiera ser seguida por todos y
que con el paso del tiempo y los acontecimientos se fue perfeccionando. Surgió
el concepto de: "resistencia pacífica", que se definió de manera que pusiera
fuera de toda duda el carácter obligatorio del trabajo. Por primera vez en
nuestra historia se planteaba y ponía en práctica tal concepto de lucha que,
inspirado en los conocidos antecedentes de Mahatma Ghandi y Martin Luther King,
era producto de un serio análisis de la realidad, tanto la impuesta por el
régimen totalitario y sus claros objetivos de doblegar a toda costa el espíritu
de lucha del presidio político, como la que se creó en el presidio por las
diferentes posiciones asumidas por los prisioneros, que iban desde las más
radicales y prácticamente suicidas, hasta las más moderadas.
Debe tenerse en cuenta que por entonces los presos estaban solos frente a toda
la fuerza del Estado marxista, que ya había implantado un régimen de terror en
Cuba, eliminando a sangre y fuego a casi toda la oposición y que actuaba con
absoluta impunidad ante un mundo que, sólo con contadas excepciones, se mantenía
indiferente ante los acontecimientos que tenían lugar en nuestra patria. Ante
este cuadro complejo y difícil, los presos políticos cubanos de Isla de Pinos
redefinieron y llevaron a cabo con responsabilidad, e ineludible sentido de
realidad, la estrategia de una resistencia pacífica.
Desde el comienzo y durante toda esta etapa trágica del presidio político
cubano, se destacó la intervención del Bloque de Organizaciones Revolucionarias
( B.O.R.), creado al efecto, que agrupaba a las principales organizaciones
creadas en la clandestinidad para combatir al régimen desde posiciones nacidas
en la lucha contra la dictadura de Fulgencio Batista, pero nacionalistas y
democráticas. El B.O.R., cuyos militantes constituían una parte mayoritaria y
disciplinada de la población penal desempeñó un papel protagónico en el análisis
y las definiciones que resultaron en la estrategia adoptada y también en la
coordinación con los miembros no organizados y de otras tendencias políticas del
presidio para la puesta en práctica y el mantenimiento de la misma.
Los primeros grupos de presos sacados a trabajar, estaban en el Edificio 6. Se
resistieron, primero, a salir del mismo, haciendo necesario que los militares
entraran a obligarlos, y desde ese momento cada paso y cada movimiento en el
trabajo tuvo que ser forzado por la represión. Era sólo el principio, todavía se
estaba experimentando de ambas partes.
Entre la población penal aún coexistían distintos criterios y aquellos primeros
actos de violencia de la guarnición hicieron que un grupo de reclusos se negase
a trabajar, estando dispuestos a enfrentar cualquier consecuencia. Estos presos
fueron conducidos al pabellón de celdas de castigo, separado de las circulares y
edificios donde se hacinaba a los prisioneros, que presenciaron, gritando
violentamente desde las ventanas enrejadas, como los conducían a golpes y
bayonetazos hacia aquella edificación y, después, cuando uno y otro día los
sacaban para tratar de hacerlos realizar aunque sólo fueran pequeñas labores,
como arrancar hierbas de los alrededores con las manos, pero ante sus reiteradas
y firmes negativas, volvían a llover los golpes y bayonetazos, en medio de los
gritos de protesta de los presos desde todas las ventanas del penal.
El objetivo de hacer trabajar ante todo el presidio a aquellos pocos hombres,
fracasó rotundamente; sólo lograron que se enardecieran más los ánimos y se
fortaleciera la decisión mayoritaria de resistir. Debemos mencionar en este
momento el nombre de Alfredo Izaguirre Rivas -joven director de periódico
nacional, cuya pena de muerte había sido conmutada momentos antes de ser
ejecutado-, que jamás hizo un solo movimiento para obedecer aquellas órdenes de
trabajar bajo los golpes a que fue sometido durante las interminables sesiones
de castigo, y que mantuvo esa actitud, junto al también periodista Emilio A.
Rivero, durante todo el tiempo que duró el plan de trabajos forzados de Isla de
Pinos, por lo que permanecieron confinados en los pabellones de castigo hasta el
final, junto a otros reclusos allí encerrados. Estos últimos eran presos que,
también desde el inicio o en diferentes momentos a lo largo de la época del
trabajo forzado, fueron adoptando la misma actitud de absoluta negativa al
trabajo, siendo objeto de salvajes golpizas para terminar también aislados en
las celdas de castigo.
Pabellones de Castigo:
Los pabellones de castigo de Isla de Pinos, aún antes del plan de trabajos
forzados, ya eran conocidos entre los reclusos por la brutalidad conque se
trataba a los que tenían la desdicha de ser enviados a ellos, pero a partir del
"Plan Camilo"el despiadado trato se llevó hasta límites increíbles. En los
pabellones de castigo murieron varios reclusos. Recordamos entre ellos a
Francisco Novales, "Paco Pico", al que una bala disparada por el cabo Arcia
Rojas le atravesó el corazón. Cuatro meses antes este mismo guardia había
asesinado en pleno campo a Julio Tang. También en el pabellón fue dejado morir
Roberto López Chávez en medio de una huelga de hambre.
A veces el castigo era más sofisticado, como cuando encerraban quince reclusos
en una celda de tres metros por dos y no podían tirarse en el suelo a dormir
porque no cabían acostados todos a la vez y tenían que turnarse para dormir;
mientras un grupo dormía el otro se mantenía de pié, así noche tras noche,
semana tras semana. Situaciones similares se presentaron en otras cárceles como
la de Morón, Boniato, etc. Pero el récord de esto lo tienen las "gavetas"; estas
celdas, aunque variaban en sus dimensiones, mantenían un patrón típico como
instrumentos de tortura. Las situadas en la granja Tres Macíos cerca de Bayamo,
medían cuarenta y cinco centímetros de ancho por ciento ochenta de largo por
ciento sesenta de altura, y ahí obligaban a entrar hasta tres presos. No voy a
entrar en detalles, vean el dibujo y dejo lo demás a la imaginación del lector.
El trabajo:
La misma intensidad de represión se aplicó a los bloques de trabajo que se
constituyeron en todo el penal, en el que se hacinaban seis mil reclusos. Cada
bloque agrupaba hasta doscientos hombres, divididos en cuatro o cinco brigadas,
cada una comandada por un "cabo" armado de pistola soviética, bayoneta de
Springfield o machete español de la marca "Gallito" o "Carpintero", y por
supuesto de toda la impunidad de un régimen totalitario que nunca tuvo que
rendir cuentas al mundo.
Salíamos a trabajar antes de que despuntara el alba, a veces después de la
incursión violenta de los guardias en las circulares y edificios para
"apurarnos", apenas terminando de consumir un poco de agua con azúcar caliente y
un minúsculo pedazo de pan. En una de esas incursiones murió bayoneteado el
primer mártir del trabajo forzado: Ernesto Díaz Madruga, en agosto de 1964. A
manos de Porfirio García, el Jefe de Orden Interior.
Los reclusos eran conducidos al sitio de trabajo en camiones llenos hasta el
tope, que en varias ocasiones se volcaron con el consiguiente saldo de víctimas,
en esas circunstancias murió Jerónimo Sandía. Durante el recorrido eran
escoltados por otro camión ocupado por los guardias que los custodiaban. Esos
militares, armados con fusiles y una o dos ametralladoras calibre cincuenta,
apoyadas en tierra, se convertían en el "cordón" que rodeaba a los presos una
vez que llegaban al lugar de trabajo. Este cordón nunca no tuvo reparos para
disparar a matar cada vez que los presos protestaron indignados por los abusos
de que eran objeto.
Una vez en el lugar de trabajo ya fueran las canteras o los campos, se
distribuían las brigadas, siempre dentro del perímetro controlado por el cordón,
y empezaba la pesadilla. Esta situación se extendió por varios años en que la
violencia dominaba todo. Se podría hablar también de las requisas, los castigos
en "La Mojonera", que era el lugar donde iban a parar las aguas de albañal de la
localidad; el capítulo de un libro que ni Dante fue capaz de imaginar.
Pudiéramos seguir relatando muchas otras barbaridades que podrían parecer
exageradas a quienes no han tenido que vivirlas y pálidas a quienes las sufrimos
en carne propia. Podríamos hablar de todos los que murieron en el presidio o
después, por las lesiones sufridas, de los mutilados, de los que enloquecieron,
o de los que jamás podrán recuperarse de todo aquello. Pero hasta aquí es
suficiente para una mirada.
Todos los militares que participaron en la aplicación del plan de trabajo
forzado de Isla de Pinos, fueron ascendidos y como era de esperar un buen número
de ellos terminaron como delincuentes comunes por delitos que cometieron
posteriormente; esto no es de extrañar, pues el que es capaz de cometer las
atrocidades que se cometieron en Isla de Pinos, es capaz de cualquier cosa.
Quienes hayan tenido la oportunidad de escuchar el audio de las comunicaciones
de los pilotos castristas con su base mientras masacraban a las avionetas de
Hermanos al Rescate habrán oído las voces de los esbirros que nosotros
escuchamos tantas veces en la Seguridad del Estado, en Isla de Pinos y en otras
prisiones. Son las mismas voces que hoy siguen escuchando en Cuba los presos
políticos.
¡Los esbirros son siempre los mismos!
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